La narrativa como su nombre lo indica, es describir, algo que pasó o esta sucediendo, cuando empleamos este término en la historia es de suma importancia, pues en muchos casos hemos vuelto a nuestros alumnos espectadores de clase, sin que les demos la oportunidad de narrar.
La historia narrada y pensada habilita, sensaciones, emociones, detalles que otorgan significados y que invitan a construir sentidos propios. Una misma clase de historia nos dara diferentes pensamientos, en las que diferentes voces (maestro, las de una alumna, alumno, las del autor del texto, se dejaran escuchar. Y son esos cruces de voces e ideas los que vuelven productiva a esa clase de historia, los que forman realmente, los que invitan a pensar, a crear y ser no solo espectadores.
La narración permite un discurso más pegado a la vida, a las vivencias, a la experiencia. También abriga con naturalidad a pensamientos, sentimientos y deseos. Esto supone un desafío a los modos de enseñar historia porque pone en cuestión a las clases repletas de conceptos y procedimientos ajenos y distantes y porque invita a hacer escuchar la voz de los profesores y la de los propios alumnos junto a las ideas que aportan los historiadores.
La reflexión anterior resulta relevante si se considera a la escuela como uno de los lugares donde niños y adolescentes pueden expresar sus historias, construir su identidad en relación con las historias de otros, escribir su narración en relación con otros textos, contar frente a adultos que pueden escuchar sus historias y, en ese mismo espejo, reconocerse como parte de una comunidad, un paìs etc.
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